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Un catastro imaginario*
por Christian Ferrer


Existen diversos tipos de exposiciones. La mayoría son estables en el tiempo y ocupan un espacio físico determinado. Hay exposiciones permanentes, universales, de productos coloniales, las hay itinerantes, en gira de ciudad en ciudad. Y hay exposiciones de arte. La Muestra Nómade es distinta a todas las anteriores, por existir en condición fragmentada y repartida por una ciudad, la ciudad de su autor, Buenos Aires. Ral Veroni ha evitado esas reservas ecológicas para artistas plásticos llamadas “galerías”, estableciendo una muestra tan intermitente como rotunda e inmejorablemente pública.

La fugacidad de las huellas que dejamos en las ciudades es desesperante. Su impresión es deficiente y superficial, quizás porque ya no sabemos como habitar, y por lo tanto, como dejar señales de nuestra existencia a los contemporáneos y a los posteriores. Se diría que las calles y las paredes nos omiten, y nosotros a ellas. Ral Veroni se ha propuesto meditar la cuestión y realizar una tarea fundacional: un relevamiento imaginario de Buenos Aires a través de una yerra peculiar; la impresión de ciertas marcas de nuestra mitología urbana sobre un itinerario azaroso. Cuarenta y dos serigrafías autoadhesivas impresas a fuerza de músculo en cinco colores y en pequeño formato, las bien conocidas “figuritas”, han sido estampadas sobre diversas superficies de Buenos Aires. Fragmentos de un todo imposible que luego confluyen en un álbum y que equivalen a un mapa catastral personal. Pero la pinacoteca es móvil, y en tal condición, escapa a la voluntad y el control del artista. Estas figuritas se han movido al compás de los medios de transporte de pasajeros, al vaivén el capricho individual del portador (los “coleccionistas” o toda persona que los haya adherido a objetos propios) y a partir del afán de rapiña del esteta ocasional. Esta sala de exposición ubicua concernió a maquinarías en movimiento (colectivos, subterráneos, ascensores), espacios al aire libre (buzones, teléfonos públicos, postes de alta tensión, kioskos de diarios y revistas), ámbitos íntimos (estuches de guitarra, paredes de dormitorio o de talleres), y al derrotero de personas cuyo paradero es hoy desconocido. Una calesita en movimiento perpetuo, un antimuseo que incluye botellas arrojadas al mar en la Península de Valdés, y una estampa que se aloja sedentaria en la página 142 de un ejemplar de la novela Eumeswil, de Ernst Junger, justamente donde se menciona al musgaño, mamífero escultor de intrincados túneles.

Los motivos de estas composiciones no han descendido de un cielo ideal. Responden al mundo de los pedestres. Pero espiritual ha sido el tratamiento que Veroni ha dado a la tierra y a sus bienes, entablando un diálogo con ciertos objetos privilegiados de la cultura popular. Las figuritas nos remiten a la vez a las dimensiones mágicas de la infancia barrial, al cuadrito del comic, a la misma idea de figuración –silueta opuesta al abstractismo geométrico–, y al fin, al trueque menudo, ese momento de epifanía del coleccionista. Nos reconcilia con los objetos cotidianos de la niñez y con los detritus actuales de la memoria. En conjunto, las figuritas componen un “políptico”. Es el signo de una época desorientada en la cual existencia, cuerpo e historia han estallado. De igual manera, el tríptico clásico se correspondía con una época previa en la que el alma vacilaba entre el cielo y el infierno.

Dentro del marco de 113 x 82 mm., avistamos un bestiario. La fauna urbana. Hay zorros y fisgones, ratas y mujeres veloces, buitres y payasos, lombrices solitarias y hombres que se burlan de sí mismos, elefantes ninja y seres gritones. En cada figurita se expone la contigüidad y continuidad entre el mundo animal y el humano y, como ocurría en otros tiempos, en cada una de ellas se cuenta una fábula. La miseria y bestialidad de las conductas ciudadanas reciben un tratamiento zoomórfico: fauces amenazantes, miradas alucinadas, semblantes temerosos, soberbia y mezquindad son analizadas con su respectiva y humana dosis de humor. Pero la locura callejera y la disputa banal son los paisajes que dan sentido a estos arquetipos.

Hace doscientos años la poética romántica señaló agudamente los límites del cosmopolitismo universalista desdeñoso de las tradiciones populares y nacionales. No hay ciudad que pueda habitarse sin una atmósfera sensible propia y sin una mitología en común. Por eso mismo Ral Veroni ha pegado sus figuritas al garete y en superficies municipales, vinculando arte y vida. La mirada embotada puede hallar gemas serigráficas en la humedad mural. Todo acompañado con tipografía desigual y con la quintaesencia de cinco pigmentos vibrantes. Ellos tiemblan en la mirada, iluminándola nuevamente tal cual sucediera en aquel primer y cerrar de los ojos.


Christian Ferrer

*Publicado en La Letra A, Buenos Aires, 1992

 
 
 

 


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